Y cantabas y cantabas. Maldita sea! Quien era yo para estar al lado vuestro y quedarme callado!? Maldita ignorancia y maldito tu Dios que nos separó tanto tiempo, ya que al viento siempre miraba los listones que colgaban de tus hombros, vestida de muñeca vieja, mientras disfrutabas de la risa y los placeres mundanos. Y yo me encogía con el viento, mi Dios, que me decía que la fijación, como todas, pasaría.
y ahí me encontré en un espacio cerrado y desprotegido, arañado por tus gritos agudos y afinados, mientras las lágrimas que vertías me decían "mátame carajo! que ando borracha!" Yo, por mi parte, por dentro sólo pedía otra canción.
Te despediste lentamente, un beso a la mejilla y adios, y hasta luego, y a recorrer. Yo me senté en el banco en que ya estaba sentado, pero de forma diferente, ya no había que mirar. La moneda que utilizaste en vano cayó al suelo. Vos la puerta, yo el sueño.
Y que las chispas no salten demasiado, o me despertarán de vivir a medias como hasta ahora.
Por Malcolm Giraldo Serna
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