domingo, 8 de agosto de 2010

Que los gusanos se apiaden

Perdían el tiempo. Llevaban horas luchando contra las horas, huyendo de un mundo que les negaba la soledad. El agua que corría en la ducha de el motel más "decente" del centro de la ciudad acompañaba ese leve envejecimiento. La pasión no era, acumulaban cuatro "veces" y ninguno se sentía en deuda. Aún era cierta la ternura con que él miraba fijamente su hombro, su cabeza agachada, como si el agua no importara más, como si los siglos no los persiguieran. Ella por momentos trataba de reiniciar de formas no muy sutiles, pero era inútil. La malicia de la desnudez se había esfumado. También terminó por sucumbir al tedio y por acogerse a un cariño tembloroso. Pudieron pasar siglos antes de que ambos notaran que habían muerto. Vieron la primera mosca hambrienta posarse sobre las arrugas. La oyeron decir: "que los gusanos se apiaden".

Por Juan Felipe Castellanos Martínez

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